Gante?!

Gante es al mismo tiempo una ciudad histórica y contemporánea. La vida moderna de cada día, del habitante activo,  tiene lugar en un espléndido marco histórico. En Gante se reside, se vive, se trabaja y se disfruta. Y esto, cada día de nuevo.

Un matrimonio disfruta de la tranquilidad de un auténtico beaterio. Padres e hijos se pasean por las calles peatonales del centro. Un turista toma una foto de las tres torres, tema de tantas y tantas fotos, pero cada vez diferentes. Un empresario con un iPhone pasa por el impresionante Graslei, atraviesa el Lys y encuentra su elegante hotel de 4 estrellas detrás de una fachada medieval. Decenas de terrazas invitan a descubrir las especialidades gantesas. El sol se refleja en el agua. La ciudad vive y le da la bienvenida.

¿QUIEN ES EL GANTES?

El gantés por decirlo así, no existe realmente. Pero adjetivos como obstinado y  orgulloso se le pueden, sin dudar, aplicar. Y sobre todo también: progresista y abierto.  Su obstinación se ha ido desarrollando a través de la historia. Lo comprenderá leyendo esta breve historia de la ciudad. El orgullo es justificado: en los últimos años,  Gante se ha convertido en una ciudad atractiva y llena de vida. ¡Qué el gantés es progresista y abierto,  lo demuestra cada día!. El resultado es un ambiente callejero animado, una rica oferta multicultural y una vibrante vida nocturna.

GANTES, EL QUE LLEVA LA SOGA AL CUELLO

Molesto por su eterna obstinación y firmemente decidido a someter definitivamente a los ganteses, Carlos I regresa en 1540 con un ejército de 5.000 soldados a su ciudad natal. Gante es declarada culpable de desobediencia, deslealtad, rebeldía y delito de lesa majestad. Se suprimen todos sus fueros, la gran campana Roldan se descuelga de la torre municipal y la ciudad es degradada al rango de ciudad de segunda categoría.

Un par de días más tarde,  tiene lugar la última humillación: el 3 de mayo de 1540,  un cortejo de ilustres ganteses con una soga alrededor del cuello, sale  del Ayuntamiento a la Corte de los Príncipes, allí  tienen que postrarse ante el Emperador y su hermana María de Hungría y pedir clemencia en voz alta. Desde entonces, se les conoce con el apodo“los que llevan la soga al cuello” o “Stropkes” (en neerlandés).

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